martes

La vida es más alegre en una bicicleta

: Resumen de "Elogio de la Bicicleta" de Marc Auge, por José Luis Vergara Bianciotti

"Nadie puede hacer un elogio de la bicicleta sin hablar de sí mismo. La
bici forma parte de la historia de cada uno de nosotros. Su aprendizaje
remite a momentos particulares de la infancia y adolescencia. Gracias a
ella, todos hemos descubierto un poco de nuestro propio cuerpo, de sus
capacidades físicas y hemos experimentado la libertad a la que está
indisolublemente ligada. Para alguién de mi generación, hablar de la
bicicleta es evocar, fatalmente, muchos recuerdos."

"El milagro del ciclismo devuelve a la ciudad su caracter de tierra de
aventura o, al menos, de travesía."

"Hoy cambiar la vida es , en primer lugar, cambiar la ciudad."

"Se sabe que una vez que uno aprendió a andar en bicicleta, como a nadar,
ya no lo olvida. Pero hay algo más. El conocimiento progresivo de uno mísmo
al que corresponde e aprendizaje de la bici deja huellas imborrables e
inconscientes. Entonces, la bicicleta es una experiencia de eternidad:
montar en bicicleta (o volver a hacerlo luego de un tiempo) se asemeja a la
experiencia que se tiene en la la playa cuando el que se tiende en la arena
y cierra los ojos experimenta la sensación de reencontrarse con su infancia
o, más exactamente, con las sensaciones, que al no tener edad, escapan a la
acción corrosiva del tiempo."

"Los ciclistas acarician conscientemente la ilusión de seguir siendo
jóvenes y, por eso mísmo, continuan siéndolo un poco."

"Entre ciclistas existe la conciencia de una solidaridad elemental, la
conciencia del esfuerzo y momento compartido, un sentimiento exclusivo que
los distingue de todos los demás y que les corresponde únicamente, a
ellos."

"Hay que dar a la bicicleta el crédito de la reinserción del ciclista en su
individualidad propia (se experimenta una cierta identidad, cierta
permanencia en el tiempo al pedalear), pero también la reinvención de
vínculos sociales, livianos, eventualmente efímeros, pero siempre
portadores de cierta felicidad de vivir. Se presta atención al prójimo, se
vive una forma de espera, una apertura a lo que pueda suceder: en la
ciudad."

"A la bicicleta le corresponde un papel determinante: ayudar a los seres
humanos a recobrar la conciencia de sí mísmos y de los lugares que habitan.
Necesitamos la bicicleta para ensimismarnos en nosotros mismos, mientras
volvemos a centrarnos en los lugares que vivímos: devolver a la ciudad su
dimensión simbólica y su vocación inicial: favorecer los encuentros
humanos."

"Los paseantes (los arquetípicos "flaneurs": se refiere a los caminantes
poéticos, que pateando entraban en "trance" urbano, ejemplos: Baudelaire,
Henry
Miller, Bukowski, Cortazar, acá Borges, y vos si te gusta pasear y andar
por ahí, deambulando con cara de colgueti, disfrutando) por la ciudad
reparecen, pero montados en bicicleta, se dan cuenta con el viento en las
narices de un doble descubrimiento: se dan cuenta, maravillados, de que la
ciudad ésta hecha para ser vista directamente, sin la mediación de una
cámara que la estilice; de que es bella hasta en sus calles más modestas y
de que es fácil recorrerla. Uno se desliza en bicicleta por una geografía
eminentemente poética, puesto que ofrece la posibilidad del contacto
inmediato entre lugares que habitualmente uno sólo frecuentaba por separado
(sin prestar atención al viaje) y , además, porque así el espacio, se
presenta como una fuente de metáforas, de acercamientos inesperados y de
atajos que no dejan de suscitar, a fuerza de pantorrillas, la curiosidad de
los nuevos bicipaseantes: ésta es la nueva libertad, la libertad que ofrece
el uso de la bicicleta. La bicicleta como una escritura libre y hasta
salvaje, una experiencia de escritura automática, de surrealismo en acto,
o, por el contrario, una meditación más construida, casi experimental, a
traves de lugares previamente seleccionados por el gusto refinado del
bicipaseante"

"El vínculo que une al ciclista con su bicicleta es un vínculo de amor y
literalmente, de reconocimiento, que el tiempo no destruye sino que
afianza, si es preciso traerla a la mente, mediante los recuerdos y la
nostalgia, si la vida los ha separado."

"Todas las invitaciones a la pasividad - que constituye para muchos
individuos su relación con los diversos medios y la vida- se desvanecen en
cuanto montan en bici. El ciclista pasa a ser el responsable de sí mísmo e
inmediatamente toma conciencia de ello. Simultaneamente cobra conciencia
del lugar que le corresponde, el cual puede recorrer en todos los sentidos,
así como de los itinerarios que lo alejan de ese lugar y de aquellos otros
que lo traen de regreso. Y si además, tenemos en cuenta que en general la
práctica de la bicicleta nos ofrece, la posibilidad de sumergirnos en los
recuerdos de la infancia y en la continuidad de la propia vida, podemos
llegar a la conclusión de que la experiencia de la práctica ciclista es una
prueba existencial fundamental que asegura la conciencia identitaria de
aquellos que se entregan a ella: pedaleo, luego existo."

"El mundo exterior se nos impone concretamente, en sus dimensiones más
físicas. Nos ofrece resistencia y nos obliga a un esfuerzo de voluntad,
pero al mismo tiempo, se nos abre como un espacio de libertad íntima y de
iniciativa personal, como un espacio poético, en el sentido pleno y primero
del témino: como poiseis o creación."

"Montar en bicicleta devuelve, por un lado, un alma de niño y, a la vez,
nos restituye a capacidad de jugar y el sentido de lo real. Así, el empleo
de la bici constituye una especie de recordatorio, pero también de
formación continua para el aprendizaje de la libertad, de la lucidez, y, a
travez de ella, tal vez, de algo que se asemejaría a la felicidad"

"El mero hecho de que la práctica de la bicicleta proporcione así una
dimensión perceptible al sueño de un mundo utópico, en el que el placer de
vivir, seria prioridad de cada persona y aseguraría el respeto de todos,
nos da una razón para abrigar esperanzas. Retorno a la utopía, retorno a lo
real, da lo mismo. ARRIBA LAS BICICLETAS, PARA CAMBIAR LA VIDA !. EL
CICLISMO ES UN HUMANISMO."

domingo

Hola Vida en bici


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La religión del Automóvil, de Eduardo Galeano

Con el Dios de cuatro ruedas ocurre lo que suele ocurrir con los dioses:
nacen al servicio de la gente, mágicos conjuros contra el miedo y la
soledad, y terminan poniendo a la gente a su servicio. La religión del
automóvil, con su Vaticano en Estados Unidos de América, tiene al mundo
de rodillas.


I. Liturgia del divino motor


Con el dios de cuatro ruedas ocurre lo que suele ocurrir con los dioses:
nacen al servicio de la gente, mágicos conjuros contra el miedo y la
soledad, y terminan poniendo a la gente a su servicio. La religión del
automóvil, con su Vaticano en Estados Unidos de América, tiene al mundo
de rodillas.


Seis, seis, seis


La imagen del Paraíso: cada estadounidense tiene un auto y un arma de
fuego. En Estados Unidos se concentra la mayor cantidad de automóviles y
también el arsenal más numeroso, los dos negocios básicos de la economía
nacional. Seis, seis, seis: de cada seis dólares que gasta el ciudadano
medio, uno se consagra al automóvil; de cada seis horas de vida, una se
dedica a viajar en auto o a trabajar para pagarlo; y de cada seis
empleos, uno está directa o indirectamente relacionado con la violencia y
sus industrias. Cuanta más gente asesinan los automóviles y las armas, y
cuanta más naturaleza arrasa, más crece el Producto Nacional Bruto.


Como bien dice el investigador alemán Winfried Wolf, en nuestro tiempo
las fuerzas productivas se han convertido en fuerzas destructivas.


¿Talismanes contra el desamparo o invitaciones al crimen? La venta de
autos es simétrica con la venta de armas, y bien podría decirse que forma
parte de ella: los accidentes de tránsito matan y hieren cada año más
estadounidenses que todos los estadounidenses muertos y heridos a lo
largo de la guerra de Vietnam, y el permiso de conducir es el único
documento necesario para que cualquiera pueda comprar una metralleta y
con ella cocine a balazos a todo el vecindario.


El permiso de conducir no sólo se usa para estos menesteres, sino que
también es imprescindible para pagar con cheques o cobrarlos, para hacer
un trámite o firmar un contrato. En Estados Unidos, el permiso de
conducir hace las veces de documento de identidad. Los automóviles
otorgan identidad a las personas.


Los aliados de la democracia


El país cuenta con la nafta más barata del mundo, gracias a los
presidentes corruptos, los jeques de lentes negros y los reyes de opereta
que se dedican a malvender petróleo, a violar derechos humanos y a
comprar armas estadounidenses. Arabia Saudita, pongamos por caso, que
figura en los primeros lugares de las estadísticas internacionales por la
riqueza de sus ricos, la mortalidad de sus niños y las atrocidades de sus
verdugos, es el principal cliente de la industria estadounidense de
armamentos. Sin la nafta barata que proporcionan estos aliados de la
democracia, no sería posible el milagro: en Estados Unidos, cualquiera
puede tener auto, y muchos pueden cambiarlos con frecuencia. Y si el
dinero no alcanza para el último modelo, ya se venden aerosoles que dan
aroma a nuevo al vejestorio comprado hace tres o cuatro años, el
autosaurio ése.


Dime qué coche tienes y te diré quién eres, y cuánto vales. Esta
civilización que adora los automóviles, tiene pánico de la vejez: el
automóvil, promesa de juventud eterna, es el único cuerpo que se puede
cambiar.


La jaula


A este cuerpo, el de cuatro ruedas, se consagra la mayor parte de la
publicidad en la televisión, la mayor parte de las horas de conversación
y la mayor parte del espacio de las ciudades. El automóvil dispone de
restoranes, donde se alimenta de nafta y aceite, y a su servicio están
las farmacias donde compra remedios, los hospitales donde lo revisan, lo
diagnostican y lo curan, los dormitorios donde duerme y los cementerios
donde muere.


Él promete libertad a las personas, y por algo las autopistas se llaman
freeways, caminos libres, y sin embargo actúa como una jaula ambulante.
El tiempo de trabajo humano se ha reducido poco o nada, y en cambio año
tras año aumenta el tiempo necesario para ir y venir al trabajo, por los
atolladeros del tránsito que obligan a avanzar a duras penas y a los
codazos.


Se vive dentro del automóvil, y él no te suelta.


Drive-by shooting: sin salir del auto, a toda velocidad, se puede apretar
el gatillo y disparar sin mirar a quién, como se estila ahora en las
noches de Los Ángeles. Drive-thru teller, drive-in restaurant, drive-in
movies: sin salir del auto se puede sacar dinero del banco, cenar
hamburguesas y ver una película. Y sin salir del auto se puede contraer
matrimonio, drive-in marriage: en Reno, Nevada, el automóvil entra bajo
los arcos de flores de plástico, por una ventanilla asoma el testigo y
por la otra el pastor, que Biblia en mano os declara marido y mujer, y a
la salida una funcionaria, provista de alas y de halo, entrega la partida
de matrimonio y recibe la propina, que se llama Love donation.


El automóvil, cuerpo renovable, tiene más derechos que el cuerpo humano,
condenado a la decrepitud. Estados Unidos de América ha emprendido, en
estos últimos años, la guerra santa contra el demonio del tabaco. En las
revistas, la publicidad de los cigarrillos está atravesada por
obligatorias advertencias a la salud pública. Los anuncios advierten, por
ejemplo: "El humo del tabaco contiene monóxido de carbono". Pero ningún
anuncio de automóviles advierte que mucho más monóxido de carbono
contiene el humo de los coches. La gente no puede fumar. Los autos, sí.


II. El ángel exterminador


En 1992 hubo un plebiscito en Amsterdam. Los habitantes de la ciudad
holandesa resolvieron reducir a la mitad el espacio, ya muy limitado, que
ocupan los automóviles. Tres años después se prohibió el tránsito de
autos privados en todo el centro de la ciudad italiana de Florencia,
prohibición que se extenderá a la ciudad entera a medida que se
multipliquen los tranvías, las líneas de metro, las vías peatonales y los
autobuses. También las ciclovías: pronto se podrá atravesar toda la
ciudad sin riesgos, por cualquier parte, pedaleando en un medio de
transporte que cuesta poco, no gasta nada, no invade el espacio humano ni
envenena el aire, y que fue inventado, hace cinco siglos, por un vecino
de Florencia llamado Leonardo da Vinci.


Mientras tanto, un informe oficial confirmaba que los automóviles ocupan
un espacio bastante mayor que las personas en la ciudad estadounidense de
Los Angeles, pero allí a nadie se le ocurrió cometer el sacrilegio de
expulsar a los invasores.


¿A quién pertenecen las ciudades?


Amsterdam y Florencia son excepciones a la regla universal de la
usurpación. El mundo se ha motorizado aceleradamente, a medida que han
ido creciendo las ciudades y las distancias, y los medios públicos de
transporte han cedido paso al coche privado. El presidente francés
Georges Pompidou lo celebraba diciendo que "es la ciudad la que debe
adaptarse a los automóviles, y no al revés", pero sus palabras cobraron
sentido trágico cuando se reveló que habían aumentado brutalmente los
muertos por contaminación en la ciudad de París, durante las huelgas de
fines del año pasado: la paralización del metro había multiplicado los
viajes en automóvil y había agotado las existencias de mascarillas
antiesmog.


En Alemania, en 1950, los trenes, autobuses, metros y tranvías realizaban
las tres cuartas partes del transporte de personas; actualmente, suman
menos de una quinta parte. El promedio europeo ha caído al 25 por ciento,
lo que es todavía mucho si se compara con Estados Unidos, donde el
transporte público, virtualmente exterminado en la mayoría de las
ciudades, sólo llega al cuatro por ciento del total.


Henry Ford y Harvey Firestone eran íntimos amigos, y ambos se llevaban de
lo más bien con la familia Rockefeller. Ese cariño recíproco desembocó en
una alianza de influencias que mucho tuvo que ver con el desmantelamiento
de los ferrocarriles y la creación de una vasta telaraña de carreteras,
luego convertidas en autopistas, en todo el territorio estadounidense.
Con el paso de los años se ha hecho cada vez más apabullante, en Estados
Unidos y en el mundo entero, el poder de los fabricantes de automóviles,
los fabricantes de neumáticos y los industriales del petróleo. De las
sesenta mayores empresas del mundo, la mitad pertenece a esta santa
alianza o está de alguna manera ligada a la dictadura de las cuatro
ruedas.


Datos para un prontuario


Los derechos humanos se detienen al pie de los derechos de las máquinas.
Los automóviles emiten impunemente un cóctel de muchas sustancias
asesinas. La intoxicación del aire es espectacularmente visible en las
ciudades latinoamericanas, pero se nota mucho menos en algunas ciudades
del norte del mundo. La diferencia se explica, en gran medida, por el uso
obligatorio de los convertidores catalíticos y de la nafta sin plomo, que
han reducido la contaminación más notoria de cada vehículo en los países
de mayor desarrollo. Sin embargo, la cantidad tiende a anular la calidad,
y estos progresos tecnológicos van reduciendo su impacto positivo ante la
proliferación vertiginosa del parque automotor, que se reproduce como si
estuviera formado por conejos.


Visibles o disimuladas, reducidas o no, las emisiones venenosas forman
una larga lista criminal. Por poner tan sólo tres ejemplos, los técnicos
de Greenpeace han denunciado que proviene de los automóviles no menos de
la mitad del total del monóxido de carbono, del óxido de nitrógeno y de
los hidrocarburos que tan eficazmente están contribuyendo a la demolición
del planeta y de la salud humana.


"La salud no es negociable. Basta de medias tintas", declaró el
responsable de transportes de Florencia, a principios de este año,
mientras anunciaba que ésa será "la primera ciudad europea libre de
automóviles". Pero en casi todo el resto del mundo, se parte de la base
de que es inevitable que el divino motor sea el eje de la vida humana, en
la era urbana.


Copiamos lo peor


El ruido de los motores no deja oír las voces que denuncian el artificio
de una civilización que te roba la libertad para después vendértela, y
que te corta las piernas para obligarte a comprar automóviles y aparatos
de gimnasia. Se impone en el mundo, como único modelo posible de vida, la
pesadilla de ciudades donde los autos mandan, devoran las zonas verdes y
se apoderan del espacio humano. Respiramos el poco aire que ellos nos
dejan; y quien no muere atropellado, sufre gastritis por los
embotellamientos.


Las ciudades latinoamericanas no quieren parecerse a Amsterdam o a
Florencia, sino a Los Angeles, y están consiguiendo convertirse en la
horrorosa caricatura de aquel vértigo. Llevamos cinco siglos de
entrenamiento para copiar en lugar de crear. Ya que estamos condenados a
la copianditis, podríamos elegir nuestros modelos con un poco más de
cuidado. Anestesiados como estamos por la televisión, la publicidad y la
cultura de consumo, nos hemos creído el cuento de la llamada
modernización, como si ese chiste de mal gusto y humor negro fuera el
abracadabra de la felicidad.


III. Los espejos del paraíso


La publicidad habla del automóvil como una bendición al alcance de todos.
¿Un derecho universal, una conquista democrática? Si fuera verdad, y
todos los seres humanos pudieran convertirse en felices propietarios de
este medio de transporte convertido en talismán, el planeta sufriría
muerte súbita por falta de aire. Y antes, dejaría de funcionar por falta
de energía. Nos queda petróleo para dos generaciones. Ya hemos quemado en
un ratito una gran parte del petróleo que se había formado a lo largo de
millones de años. El mundo produce autos al ritmo de los latidos del
corazón, más de uno por segundo, y ellos están devorando más de la mitad
de todo el petróleo que el mundo produce.


Por supuesto, la publicidad miente. Los numeritos dicen que el automóvil
no es un derecho universal, sino un privilegio de pocos. Sólo el 20 por
ciento de la humanidad dispone del 80 por ciento de los autos, aunque el
cien por ciento de la humanidad tenga que sufrir las consecuencias. Como
tantos otros símbolos de la sociedad de consumo, éste es un instrumento
que está en manos del norte del mundo y de las minorías que en el sur
reproducen las costumbres del norte y creen, y hacen creer, que quien no
tiene permiso de conducir no tiene permiso de existir.


El 85 por ciento de la población de la capital de México viaja en el 15
por ciento del total de vehículos. Uno de cada diez habitantes de Bogotá
es dueño de nueve de cada diez automóviles. Aunque la mayoría de los
latinoamericanos no tiene el derecho de comprar un auto, todos tienen el
deber de pagarlo. De cada mil haitianos, sólo cinco están motorizados,
pero Haití dedica un tercio de sus importaciones a vehículos, repuestos y
nafta. Un tercio dedica, también, El Salvador. Según Ricardo Navarro,
especialista en estos temas, el dinero que Colombia gasta cada año para
subsidiar la nafta, alcanzaría para regalar dos millones y medio de
bicicletas a la población.


El derecho de matar


Un solo país, Alemania, tiene más automóviles que la suma de todos los
países de América Latina y África. Sin embargo, en el sur del mundo
mueren tres de cada cuatro muertos en los accidentes de tráfico de todo
el planeta. Y de los tres que mueren, dos son peatones.


En eso, al menos, no miente la publicidad, que suele comparar al auto con
un arma: acelerar es como disparar, proporciona el mismo placer y el
mismo poder. La cacería de los caminantes es frecuente en algunas de las
grandes ciudades latinoamericanas, donde la coraza de cuatro ruedas
estimula la tradicional prepotencia de los que mandan y de los que actúan
como si mandaran. Y en estos últimos tiempos, tiempos de creciente
inseguridad, al impune matonismo de siempre se agrega el pánico a los
asaltos y a los secuestros. Cada vez hay más gente dispuesta a matar a
quien se le ponga delante. Las minorías privilegiadas, condenadas al
miedo perpetuo, pisan el acelerador a fondo para aplastar la realidad o
para huir de ella, y la realidad es una cosa muy peligrosa que ocurre al
otro lado de las ventanillas cerradas del automóvil.


El derecho de invadir


Por las calles latinoamericanas circula una ínfima parte de los
automóviles del mundo, pero algunas de las ciudades más contaminadas del
mundo están en América Latina.


La imitación servil de los modelos de vida de los grandes centros
dominantes, produce catástrofes. Las copias multiplican hasta el delirio
los defectos del original. Las estructuras de la injusticia hereditaria y
las contradicciones sociales feroces han generado ciudades que crecen
fuera de todo posible control, gigantescos frankensteins de la
civilización: la importación de la religión del automóvil y la
identificación de la democracia con la sociedad de consumo, tienen, en
esos reinos del sálvese quien pueda, efectos más devastadores que
cualquier bombardeo.


Nunca tantos han sufrido tanto por tan pocos. El transporte público
desastroso y la ausencia de ciclovías hace obligatorio el uso del
automóvil, pero la inmensa mayoría, que no lo puede comprar, vive
acorralada por el tráfico y ahogada por el esmog. Las aceras se reducen,
hay cada vez más parkings y cada vez menos barrios, cada vez más autos
que se cruzan y cada vez menos personas que se encuentran. Los autobuses
no sólo son escasos: para peor, en muchas ciudades el transporte público
corre por cuenta de unos destartalados cachivaches que echan mortales
humaredas por los caños de escape y multiplican la contaminación en lugar
de aliviarla.


El derecho de contaminar


Los automóviles privados están obligados, en las principales ciudades del
norte del mundo, a utilizar combustibles menos venenosos y tecnologías
menos cochinas, pero en el sur la impunidad del dinero es más asesina que
la impunidad de las dictaduras militares. En raros casos, la ley obliga
al uso de nafta sin plomo y de convertidores catalíticos, que requieren
controles estrictos y son de vida limitada: cuando la ley obliga, se
acata pero no se cumple, según quiere la tradición que viene de los
tiempos coloniales.


Algunas de las mayores ciudades latinoamericanas viven pendientes de la
lluvia y el viento, que no limpian de veneno el aire, pero al menos se lo
llevan a otra parte. La ciudad de México vive en estado de perpetua
emergencia ambiental, provocada en gran medida por los automóviles, y los
consejos del gobierno a la población, ante la devastación de la plaga
motorizada, parecen lecciones prácticas para enfrentar una invasión de
marcianos: evitar los ejercicios, cerrar herméticamente las casas, no
salir, no moverse.


Los bebés nacen con plomo en la sangre y un tercio de los ciudadanos
padece dolores crónicos de cabeza.


-O usted deja de fumar, o se muere en un año -advirtió el médico a un
amigo mío, habitante de la ciudad de México, que no había fumado ni un
solo cigarrillo en toda su vida.


La ciudad de San Pablo respira los domingos y se asfixia los días de
semana. Año tras año se va envenenando el aire de Buenos Aires, al mismo
ritmo en que crece el parque automotor, que el año pasado aumentó en
medio millón de vehículos. Santiago de Chile está separado del cielo por
un paraguas de esmog, que en los últimos quince años ha duplicado su
densidad, mientras también se duplicaba, casualmente, la cantidad de
automóviles. www.ecoportal.net


* Eduardo Galeano


Publicado en Brecha, Montevideo, en 1996.